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Resulta con frecuencia, que cuando nos hacemos una pregunta, la respuesta que nos dan puede generar otras preguntas. Eso me sucedió al investigar en qué momento exacto se le da nombre a esta calle: en 1983. Yo también aluciné, y paso a contarles la curiosa historia.

Allá por el año 1983, estrenábamos recientemente la democracia. Aquella democracia era muy distinta a la actual. Por aquella época, finalizaba el mandato de la UCD con nuestro querido Paco Limiñana a la cabeza como alcalde. La composición de la Corporación era la siguiente:

  • 6 concejales de la UCD (Unión de Centro Democrático): Paco Limiñana, Antonio Berná, Vicente Pérez, Vicente Candel, Paco Cantó y José Ramón Ibarra
  • 3 concejales del PSOE (Partido Socialista Obrero Español): Casildo Berenguer, Ramón Maciá (padre) y Antonio Miralles, que entró como concejal tras la dimisión de Roberto Martínez
  • 2 concejales del PCE (Partido Comunista de España): Ángel Gutiérrez y Juan Antón

Por aquel entonces, por número de habitantes, nos correspondían 11 concejales en lugar de los 13 actuales. Bien. Una vez situados en el contexto, habría que reseñar que el concepto de memoria histórica que tenemos hoy no existía como tal en aquella época, ya que sólo habían pasado 8 años desde la muerte del dictador, 5 desde el referéndum constitucional y 4 desde las primeras elecciones municipales democráticas.

Por todos estos motivos, más que la confrontación política, existía un espíritu reconciliador en el que, a pesar de las posiciones mucho más marcadas que hoy, había un amplio espacio para el consenso.

Haciendo un pequeño viaje en el tiempo, situémonos. Último pleno de la legislatura el 4 de mayo de 1983. En él, Paco Limiñana se despide de la Corporación saliente con unas emotivas palabras:

«Al finalizar los cuatro años de gestión, municipal, quiero aprovechar la oportunidad de la celebración del Pleno de hoy, último que celebra la actual Corporación para dirigir unas breves palabras que, al ir destinadas a vosotros, en primer lugar, quiero pensar que no hacen mas que recoger el eco de un sentimiento de gratitud.

Los cuatro años transcurridos desde la constitución del Ayuntamiento democrático de nuestro pueblo, ha sido, a mi juicio, de una gran actividad, sólo frenada por la falta de medios que con harta frecuencia condicionaron nuestros planes e impusieron pausas y consiguientes retrasos en la ejecución de muchos proyectos. Por ello, no todo lo que nos propusimos se ha podido realizar. Pero queda ahí, a la vista de todos y en papel escrito , los frutos de esa entrega, dedicación y esfuerzo del equipo municipal que ahora termina que, justo es decirlo, ha sabido anteponer los intereses de su pueblo a cualquier otra consideración.

Creo interpretar el sentir de todos los habitantes de Monforte, al manifestaros en su nombre, el agradecimiento por vuestra dedicación y esfuerzo, sin ningún interés material, sólo guiados por el noble orgullo de servirlo, honradamente y conseguir para él un mayor engrandecimiento y bienestar.

Permitidme por último, que en vuestro nombre y en el mío propio,agradezca al pueblo de Monforte la confianza que hace cuatro años depositó en nosotros. Sin falsa modestia ni triunfalismo, creo sinceramente, y lo digo a la hora de la despedida, que hemos respondido como él merece y esperaba».

En este contexto, previamente a esta intervención, en el quinto punto del Orden del Día, rezaba así: «ASIGNACIÓN NOMBRES DE CALLES»,  del cual les reproduzco el acta original:

Me llama la atención la expresión «después de una amplia deliberación»

La «deliberación» a la que se refiere, debe ser un eufemismo, ya que eso, en política, suele querer decir que hubo un buen y posiblemente, agrio debate. La moción del nombre de calles fue a propuesta de los representantes del Partido Comunista, Ángel Gutiérrez y Juan Antón, moción que inmediatamente, según relata Ángel Gutierrez, apoyó José Ramón Ibarra.

Pero la cuestión es que fueron todos tan generosos que se le cambió el nombre a muchas de las calles franquistas llegando a un consenso y cada partido con sus propuestas, a las que sucedieron nombres de personas de todos los colores políticos. Desde José María Pemán (cuya figura se sintetiza en el primer artículo, ver aquí) hasta comunistas reconocidos como Pablo PicassoVicente Aleixandre (el gran desconocido premio Nobel de literatura español en 1934), pasando por socialistas como Vicente Blasco Ibáñez (diputado en la I República Española). A pesar de la disparidad de nombres e ideologías, la Corporación tuvo una altura de miras política muchas veces ausente en la actualidad. De hecho, este punto se aprobó por UNANIMIDAD, incluyendo los votos de PSOE y PCE.

Rectificación de errores

Dicen que rectificar es de sabios. Pero aún así, soy consciente de que nunca llegaré a serlo. Y una vez consciente uno de sus amplias limitaciones, debe ser intelectualmente honesto y enmendar los posibles errores de la primera parte de este artículo quasi rectificativo.

La verdad siempre reluce, y puestos a decirla, pues como uno mismo no hay nadie, sobre todo cuando espera las excusas y correcciones de los presentes en aquel Pleno, de los cuales, muchos aún viven. Por lo tanto, considero que, a pesar de haber insertado el nombre de Pemán, fue un gran gesto de generosidad por parte de todos, un paso más hacia la reconciliación de una España rota que quería avanzar hacia el bienestar del pueblo, con políticos entregados en cuerpo y alma a Monforte, estuvieran en el Gobierno o en la Oposición.

Sin embargo, no me retracto de la opinión emitida a propósito del engaño que supuso para la capas sociales más humildes, la transición española, un bazar de promesas incumplidas y derechos en plena retrocesión.

Grandes nombres han pervivido tras aquellos tiempos. Sin desmerecer al resto, a Paco (Limiñana y Cantó) les saludo casi a diario. A Antonio Berná, Vicente Pérez y Vicente Candel, no tanto, pero saben de mi aprecio y admiración personal.

Con Casildo llegué a compartir gobierno hace casi 20 años y aún perdura aquella rémora de complicidad cuando nos sentamos a hablar de las «batallitas». Era un crío y es uno de mis maestros políticos. A Ramón Maciá y a su mujer Regina, también los conocí al ser vecinos míos y tener mucha relación con sus hijos y nietos.

Y cómo no mencionar a Ángel Gutiérrez «el incombustible». Ejemplo de entrega a un pueblo durante toda su vida, desde que, como siempre cuenta él, la Guardia Civil le pedía el carnet de identidad cuando los primeros mítines de los «peligrosos comunistas» en el cine Ibamir, allá por el año 1979. Aún hoy, todos los días, aprendo algo de él, de su constancia, de su capacidad política, de su visión de Monforte y de su sencillez y honestidad.

A todos ellos, mi aplauso.

 

 

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Francisco J. Lifante
Francisco J. Lifante

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